
Un nuevo estudio internacional publicado hoy en BioScience asegura que el sistema climático de la Tierra se está volviendo rápidamente inestable y que, si bien están surgiendo señales de cambios sociales importantes, es necesaria una acción más amplia y acelerada.
El informe «Estado del clima en 2026: desafíos y oportunidades», que monitoriza 16 indicadores climáticos de la Tierra señala que siete de ellos se encuentran en niveles extremos récord y otros varios también evolucionan en una dirección desfavorable, lo que genera preocupación ante la interacción de mecanismos de retroalimentación y el creciente riesgo de superar puntos de inflexión críticos.
“La rápida desestabilización es ahora un diagnóstico, más que una advertencia de cara al futuro”, afirma William Ripple, uno de los autores principales del informe y profesor emérito distinguido de la Universidad Estatal de Oregón. “La actividad humana, principalmente el consumo de combustibles fósiles, está sobrecargando los sistemas de soporte vital del planeta”, señala por su parte Unai Pascual, profesor de investigación Ikerbasque en el centro Basque Centre for Climate Change (BC3) y coautor del informe.
El análisis, según los autores, insta a los líderes mundiales y a los responsables de formular políticas a “abandonar el enfoque de seguir como siempre, que ha persistido a pesar de décadas de pruebas que demuestran que las actividades humanas están provocando cambios peligrosos en el clima”.
Máximos históricos
El nivel de dióxido de carbono atmosférico de 428 partes por millón es actualmente más alto que en cualquier otro momento de los últimos 2 millones de años y aproximadamente un 50 % superior al registrado antes del inicio de la era industrial, a finales del siglo XVIII. El verano de 2026 registró las temperaturas más altas jamás documentadas en muchas regiones del mundo, y las temperaturas oceánicas globales también alcanzaron un máximo histórico en julio.
“Los fenómenos meteorológicos extremos se están intensificando en muchas regiones del mundo, lo que demuestra cómo el cambio climático afecta cada vez más a la vida cotidiana de las personas”, afirma Unai Pascual. “Nos enfrentamos a olas de calor, inundaciones, sequías, tormentas e incendios forestales cada vez más destructivos, que provocan pérdidas crecientes de vidas humanas, infraestructuras, seguridad alimentaria, biodiversidad y estabilidad económica. Sin embargo, estos sucesos no son meros desastres naturales; surgen de la interacción entre los peligros climáticos y los sistemas sociales humanos, y están condicionados por las diferencias en las condiciones sociales que determinan quiénes afrontan los mayores riesgos y vulnerabilidades”.
Los autores subrayan que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero sigue siendo fundamental y abogan también por medidas de adaptación de rápida implementación, tales como la refrigeración urbana, la restauración de humedales y manglares, la preparación ante incendios forestales, la conservación del agua, la energía solar distribuida y sistemas alimentarios más resilientes.
Añaden que la injusticia climática es un problema estructural de alcance mundial, en el que las comunidades menos responsables de las emisiones históricas, particularmente en el Sur Global y en las pequeñas naciones insulares, ya están sufriendo consecuencias desproporcionadamente graves derivadas de la alteración climática.
“Muchas soluciones climáticas ya son técnicamente viables y cada vez más competitivas en cuanto a costes; sin embargo, dado que el cambio climático está impulsado por sistemas energéticos, económicos, ecológicos y sociales interconectados, es probable que un progreso verdaderamente significativo dependa de respuestas integradas que abarquen múltiples sectores y escalas”, afirma Ripple. “Con las fuentes de bajas emisiones de carbono aportando ya cerca del 43 % de la electricidad mundial, podríamos estar asistiendo al surgimiento de lo que denominamos la ‘Era de la Electricidad’”, señala el coautor principal Christopher Wolf, ex investigador posdoctoral de la Universidad Estatal de Oregón. “Es un motivo de esperanza, pero el uso de combustibles fósiles y las emisiones siguen alcanzando niveles récord, por lo que es necesario acelerar drásticamente la transición”.
Asimismo, Pascual advierte que “lograr las reducciones de emisiones necesarias depende de transformaciones sistémicas en la generación de energía, los patrones de consumo, los sistemas alimentarios y las prioridades económicas, incluida la reconfiguración de los paradigmas de progreso y desarrollo. Y todo ello debe alinearse con la protección de la naturaleza”.
Conclusiones del informe
- El ritmo del calentamiento global parece estar acelerándose, prácticamente duplicándose al pasar de unos 0,19 grados Celsius por década entre 1970 y 2010 a cerca de 0,36 grados por década desde entonces.
- Se prevé que este otoño se desarrolle un fenómeno de El Niño muy intenso, lo que podría contribuir considerablemente al calentamiento global en los próximos meses y situar al año 2026 en camino de convertirse en uno de los más cálidos jamás registrados.
- El espesor de los glaciares y la masa de hielo de Groenlandia se encuentran en sus niveles más bajos jamás registrados. En las últimas décadas, la capa de hielo de Groenlandia ha experimentado intensos episodios de fusión, lo que ha contribuido a multiplicar por seis el volumen de agua de deshielo estival.
- La pérdida mundial de cobertura arbórea debido a incendios alcanzó los 10,8 millones de hectáreas en 2025, una superficie aproximadamente equivalente a la del estado de Tennessee, lo que representa la tercera cifra más alta registrada. El aumento de la actividad de los incendios forestales es tanto una consecuencia del cambio climático como una fuente creciente de emisiones de gases de efecto invernadero.
- El consumo de combustibles fósiles aumentó un 0,9 % en 2025 —con el petróleo (+1,0 %), el carbón (+0,4 %) y el gas (+1,3 %) alcanzando máximos históricos— y las emisiones anuales de dióxido de carbono relacionadas con la energía superaron las 41 gigatoneladas por primera vez.
- Y, en un aspecto positivo, la tasa de deforestación en la Amazonia brasileña ha disminuido durante cuatro años consecutivos, y el consumo de energía solar y eólica ha aumentado alrededor de un 18 %.
El informe ha contado también con la colaboración de Jacob Bukoski, de la Facultad de Ciencias Forestales de la OSU; Jillian Gregg, de Terrestrial Ecosystems Research Associates; Michael Mann, de la Universidad de Pensilvania; Johan Rockström, del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático; Chi Xu, de la Universidad de Nankín; Sarah E. Perkins-Kirkpatrick, de la Universidad Nacional de Australia; Thomas M. Newsome, de la Universidad de Sídney; y Anjal Prakash, de la Universidad FLAME.
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